Fragilidad insospechada

por Diana Ochoa

Como lo planteé en el escrito anterior, vamos a seguir tratando de alcanzar con la vista una cosa lejana.Lo primero es que no parece lejana. Está omnipresente en cada rincón de las noticias, en las calles solitarias o con personas usando mascarillas y guantes, en los hospitales a los cuales solo podemos acceder en caso de urgencia extrema, o contagiándonos.  Se adentró en cada hogar y mas precisamente en cada vida, tocando, incluso, espacios desconocidos, y alborotando las sombras.

Parece habernos pillado “in fraganti” en nuestra fragilidad insospechada, como sacudiendo nuestra incredulidad: “¡No puedo creer que me muera por un bichito tan insignificante!”.  Pero, por si o por no corrimos, como debe ser, a guardarnos, a ocupar espacios íntimos y protegidos. En este punto está “la cosa lejana” a la que la pandemia nos mueve a mirar.
Este ha sido un tema de discusión. ¿Acaso nos creíamos super héroes o heroínas? ¿Es esta pandemia una broma de mal gusto donde de pronto somos protagonistas de una serie de ciencia ficción?  Se percibe un extrañamiento ante el aislamiento impuesto y aceptado. Una sensación de irrealidad que vamos viviendo día a día. Releo lo escrito y sonrío. Lo irreal es poder estar en casa, a un ritmo más natural, escuchándonos mínimamente el saludo, comiendo a la hora y sentados a la mesa, padeciendo las desaveniencias de la convivencia sin mucha oportunidad de escapar.  Y estar es enfrentar y resolver, desde la gotera que nos caía, pero ignorábamos, hasta el desamor que se nos fue colando como el salitre en las bases de alguna que otra relación.

Lo que vamos atisbando es nuestra deshumanización, la sujeción a un sistema que nos ofrece como presas al halcón del consumismo que nos consume sin permitir que nos consumemos como personas. Estamos en una pandemia viral, donde miles de vidas se han perdido y eso es doloroso, muy doloroso. No hay peros que valgan ante este acontecimiento. Solo propongo mirar un poco más allá para que sospechemos y descubramos que en esa fragilidad está la fortaleza de validarnos como seres humanos, de renunciar al juego de poder que implica la violencia, de amar la vida que tenemos y desear cuidar de ella, de la propia y de la del Otro.

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